¡Hoy os traigo el capítulo 6!
Hoy la entrada va a ser corta porque la prisa que tengo no os la podéis imaginar, os prometo pues, una entrada pronto dirigida totalmente a vosotros. Espero que hayáis aprovechado este maravilloso verano. ¡Disfrutad del capitulo! Contestaré pronto los comentarios, los he leído todos, eso sí.

***
Desorientado el chico abre los
ojos. Se encuentra en una camilla, en una especie de sala de cirugía. Las
paredes son de un tenue color blanco que da luminosidad a la habitación. Parece
más grande de lo que realmente es. Hay aparatos que rodean la sala, armarios
con inyecciones y un montón, de lo que parecen, medicamentos. Mira su brazo, en
el cuál hay una sonda puesta, retira el tubo lentamente notando un pinchazo que
recorre el músculo hasta llegar a su hombro. Por mucho que se haya acostumbrado
al dolor, la molestia sigue haciendo acto de presencia. Al incorporarse la
cabeza le da vueltas, siente un ligero dolor en la sien y todo se vuelve un
poco negro, hasta cegarle la vista. Permanece parado unos segundos y
lentamente, va desapareciendo, hasta estar completamente recuperado. Ligeras imágenes
le vienen, como flechazos instantáneos, recuerdos recientes de lo que había
ocurrido. Y su pregunta, de por qué aún está vivo, es contestada
inmediatamente.
Nada más subir al aerodeslizador
se encontraba demasiado débil para escapar, en seguida, unos hombres vestidos
de blanco vinieron a colocarle una mascarilla. Respiraba con dificultad. Quizás
por la presión, quizás simplemente se estaba muriendo, no lo pensó demasiado.
Antes de quedarse completamente adormecido, intento desprenderse de los brazos
que le agarraban, solo una imagen borrosa le hizo parar. Aquella cara le
sonaba, la voz de Haymicht se oía lejana,
<<tranquilo chico, lo hemos conseguido>>. Lo siguiente que
recuerda era caer en un profundo sueño y despertar en aquella sala.
Se pone de pie y decide salir,
tiene muchas preguntas pero ninguna respuesta, Haymicht debe encontrarse en
aquel lugar, y tenía que encontrarlo. Estando solo en aquella sala no iba a
lograr nada, lo mejor era buscar a alguien que le pusiese al corriente de todo
lo que estaba ocurriendo.
Sin más, un hilo de esperanza se
vio venir, ¿y si Amy estaba bien? ¿y si a ella también la habían rescatado?
¿fue por eso que desapareció Gale? Tenía que encontrar a alguien, necesitaba
saber que estaba ocurriendo, por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo
podía salir bien, que quizás las cosas comenzaban a funcionar, había tomado el
rumbo correcto.
Todas esas preguntas rondan en su
cabeza, hace tiempo dejó de sentir ese leve dolor que aparece cuando piensas
demasiado. Debía tener la mente despejada y el dolor era una distracción, así
que se acostumbró a él para así poder eliminarlo. Aún así, tantas cuestiones hacían
que el leve dolor de cabeza apareciese de nuevo, intensamente. Además de tener
los ojos cansados y notarse algo débil tras haberse quitado la vía, por lo
demás, estaba mucho más recuperado de lo que había estado en todos estos días
en ese infierno llamado Arena.
Pasillos largos y continuos, puertas a los
lados. Silencio. La tranquilidad le atormentaba, le ponía nervioso, ni un ruido
del bosque, ningún pájaro, ninguna gota de lluvia, ningún tributo. Tan solo
silencio. Relajante a la vez que molesto. Era un pasillo extraño, cuanto menos.
Debería haber puertas, pero no encontraba ninguna. Uno, dos y tres pasos,
continuaba su camino. En ocasiones, se paraba y miraba hacia atrás, por si
encontraba un guardia, un médico o cualquier persona que pudiese decirle donde
encontrar a quien andaba buscando. Singular, la situación. Sabía que estaba a
salvo y aún así notaba como se le erizaban los pelos de la nuca, sentía como
cada uno de sus músculos estaban tensos, un estado de alarma, por si algo
ocurría. Sabía que estaba a salvo, sí, pero no se lo creía. Sus esquemas
estaban completamente rotos y él, confundido.
Los días en la Arena le habían
cambiado, no podía negarlo. Respiró hondo y pausado. Esperó unos segundos y
continúo el extenso pasillo gris. Observó una puerta a su derecha, entró sin
pensárselo dos veces. En la sala una alfombra roja de terciopelo cubría el
amplio suelo, en el centro una mesa redonda, y sillas alrededor de esta. Todas
y cada una de ellas eran elegantes, de una madera cara, barnizadas, y tratadas
con delicadeza. Hacía mucho que no veía ese tipo de lujos. En cada silla un
cojín rojo de un terciopelo similar al que había encontrado en la alfombra, bordeado
con lo que parecía hilo de oro y en las esquinas de este, colgaba de forma
elegante, unas pequeñas tiras doradas que finalizaban con unos flecos. Tocó una
de las sillas con suavidad, un movimiento que hacía la mano al pasar de largo
cerca de la misma, paseó por la alfombra dando una vuelta a la mesa de madera
oscura. De repente se olvidó de todo, asombrado por tanto lujo. No era nada
nuevo, el ya había visto todos y cada uno de estos lujos anteriormente, pero
parecía que había sido hace años y años, aunque no hubiese pasado tanto tiempo.
La lámpara que colgaba del techo estaba hecha de diferentes cristales,
recordaba esos cristales de cuando estuvo en una joyería en el Capitolio, una
de las mejores que podías encontrar en todo Panem. El joyero le habló de todas
y cada una de las piezas que se encontraban en la tienda, todo tipo de
cristales y piedras preciosas que venían de distintos distritos y que él mismo
tallaba para hacer joyas únicas y preciosas. Él era pequeño, quería un regalo
para su madre. Pudo ver mil piezas distintas aquel día, pero solo una logró
llamar la atención del pequeño, haciendo que se parase y quisiese comprarla de
inmediato. Eligió un collar con una piedra muy singular, era del color de los
ojos de su padre, con una sencilla forma de lagrima, que, al trasluz cambiaba
su tono a uno un poco más claro, los bordes se volvían blancos y te recordaban
a la espuma del mar, cuando rompe la ola en la orilla. Desde entonces Annie
siempre lo había llevado puesto.
Un poco más alejado de la mesa
había estanterías, pasó la mano por los libros viejos y usados, de estrategia
en guerras, de historia, había más libros allí de los que había leído en su
corta vida. Un emblema se hallaba en uno de ellos, era un tridente en un escudo
de olas, lo encontró irónico a la vez que apropiado, y una sonrisa se le fue
con él. Continuó recorriendo la sala, subió tres escalones que había un poco
más adelante y encontró otra mesa, llena de mapas con puntos de diferentes
colores, papeles que no se iba a parar a leer y apuntes llenos de garabatos y
tachones, multitud de nombres y cifras adornaban las hojas. Había espejos,
rodeando la sala. Se vio en uno de ellos, había cambiado notablemente. Su cara
había madurado, los rasgos más marcados que antes, su pelo más largo y
despeinado. Tenía algo de barba, pero recortada, no le había dado tiempo a
crecer lo suficiente. Sus pómulos eran de adulto, y no de niño. Sus ojos
seguían del mismo color de siempre. Siguió observándose. Veía alguna cicatriz
en sus brazos, que le recordaban de donde venía, y paró. No quiso ver más.
Echó un último vistazo a la sala
y se dirigió a la puerta. Tenía que seguir buscando a Haymitch.
Decide avanzar el paso un poco
más. Mira el suelo, se le hace raro no pisar en la fina arena de la playa, en
los bosques o en las rocas de la cueva. El pasillo gira hacia la izquierda en
una suave curva, al girar encuentra lo que estaba buscando. Una enorme puerta de metal adornada con dibujos
plateados y dorados de los diferentes distritos y con el número de todos y cada
uno de ellos. Esa debía ser la mayor sala del aerodeslizador, la más importante
y por tanto, allí encontraría a quien estaba buscando.
Se aproximó a la puerta y estas,
se abrieron de golpe. Se le había olvidado los sensores que llevaban, se rio para
sí mismo al pensar en que las puertas se cerrarían solas y no tendía que esconder
la entrada a esa sala con unas enormes ramas llenas de hojas.
No sabía muy bien que debía sentir en ese
momento, algo le inquietaba, estaba nervioso. Es como cuando te acercas más y
más a tu objetivo, cuando estás a un paso solo te entra miedo. Miedo porque
puedes perderlo todo, es cuando más cerca estás de tu logro y te aterra la idea
de que todo lo que has recorrido hasta el momento se desvanezca.